Principios ontológicos del constructivismo


            
            La revolución ontológica más importante del constructivismo con respecto a las teorías predominantes hasta su aparición es, el reconocimiento expreso de que la realidad social no es sino una construcción intersubjetiva. El realismo y, en menor medida, el liberalismo funcionaban sobre la base de una ontología realista, prohijada del positivismo, según la cual la estructura de la realidad era de pleno accesible por los sentidos y fácilmente asible por la conciencia, método científico mediante. No obstante, el constructivismo, en el fondo, por lo que tiene de idealista, rechaza esa concepción objetivista de la realidad por considerarla ontológicamente más compleja.

            Pero entiéndase bien: que el constructivismo crea que el mundo social no está dotado de una objetividad maciza y transhistórica sino que es configurado por las prácticas sociales y por las ideas no quiere decir que el mismo incurra en el extremismo de un idealismo absoluto que no reconozca nada más allá de los propios contenidos mentales o de las propias prácticas sociales. Si el mundo internacional del realismo y del liberalismo era uno donde las condiciones materiales se imponían indefectiblemente a los Estados, al punto el mundo social era casi que un mero reflejo del mundo material, el mundo internacional del constructivismo es principalmente uno en donde el mundo de lo social ejerce la predominancia. En esas concepciones, que muestran una preferencia o bien por el mundo material o bien por el mundo social, se vislumbra aquella decisión ontológica que distingue al constructivismo de las demás teorías de las relaciones internacionales.

            En este punto,es preciso aclarar que la revolución constructivista no consiste en negar la importancia de la materialidad y de sus evidentes constricciones, mucho menos en negar la existencia de un mundo exterior independiente de toda construcción social. El constructivismo no es, de ningún modo, un solipsismo. La revolución consiste, más bien, en señalar que esa materialidad no determina linealmente el comportamiento de los Estados y/o de los demás actores internacionales. Con ello, queremos decir que, ante todo, el constructivismo quiere dejar de pensar el funcionamiento de la realidad social en los rígidos términos de causa y efecto, de estímulo y respuesta, como había hecho hasta entonces el positivismo y, por extensión, el realismo, ya que dicho modelo que no admite ningún tipo de desviación o de excurso. Dicho de otro modo: el constructivismo quiere romper con el acendrado determinismo ontológico del realismo porque el mismo no deja espacio alguno para la libertad. En efecto, contra ello, el constructivismo argumenta que así como existe una estructura material que ciertamente constriñe a los actores a tomar determinadas rutas de acción, así también existe una estructura ideacional, formada por las prácticas sociales y los discursos, que son esencialmente libres y espontáneos, y que otorgan una determinada identidad a los Estados, enmarcando así sus posibilidades de acción.

            En ese sentido, es oportuno dejar en claro que el constructivismo es, a la vez, idealista e ideacionista. Idealista en el sentido de que cree en que la conciencia coparticipa activamente en el conocimiento del mundo y de que es imposible una tajante distinción ontológica entre mente y realidad. E ideacionista porque cree que la influencia de las ideas es tan o más importante para comprender la estructura internacional y sus desarrollos históricos que la materialidad pura y dura, como defendía, a grandes rasgos, el realismo y, en menor medida, el liberalismo, pasando así por alto la diferencia ontológica que, según el constructivismo, existe entre el mundo natural y el mundo social.

            En realidad, hay que decir esta concepción ontológica del constructivismo, tanto en su versión sociológica como internacionalista, no es radicalmente nueva. Aunque no lo señalen expresamente, es notorio que el constructivismo tiene claras resonancias kantianas pues su propuesta no trabaja con noúmenos, esto es, con realidades “a secas” a las que se puede acceder límpidamente, sino con fenómenos, es decir, con hechos procesados por las matrices conceptuales y categoriales de la consciencia, por los aparatos de percepción sensorial, llámense los sentidos, y principalmente por las construcciones sociales y culturales, en las que se incluyen tanto las discursivas, las imaginarias como las históricas. En otras palabras: para el constructivismo, desde el punto de vista ontológico, no hay hechos –o, más bien, estos no sólo serían inaccesibles sino también irrelevantes para su teoría– solamente representaciones de esos hechos y a ellas es a lo máximo a lo que se puede aspirar, epistemológicamente hablando. De esa forma, esta corriente logra trazar una línea entre lo que es el objeto en sí y lo que es el objeto de conocimiento, el cual se torna inteligible en la medida en que se exponga en el marco de las prácticas culturales.

            Por otro lado, en el constructivismo se deja entrever también, y valga el excurso, una influencia, tal vez no directa pero claramente constatable, de Johann G. Herder. En efecto, este filósofo alemán, reaccionando contra el cientificismo desenfrenado de la Ilustración, inauguró la tradición hermenéutica, el historicismo y los abordajes lingüísticos, concepciones epistemológicas y metodológicas que evidentemente constituyen el patrimonio teórico del constructivismo. 

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